lunes, junio 02, 2008

“Cielo de junio, limpio como ninguno”
SOL Y CEREZAS
Al amanecer, el sonido de las golondrinas en vuelo indicaba que el calendario nos conducía ya, de forma inexorable, hacia el verano. El crudo y destemplado invierno comenzaba a ser ya un recuerdo que la memoria iba aparcando en un rincón. Los días eran cada vez más largos y el sol, el tan querido sol por todos los habitantes de la Villa, hacía olvidar los días de lluvia, de humedad, de heladas, los días cortos y noches largas que aletargaban el alma…
Junio, el inicio del mes de junio, era el pistoletazo de salida de un tiempo nuevo: el tiempo del sol y las cerezas.
La naturaleza, adormecida durante meses, se vestía nuevamente de gala para darnos a entender que su esplendor estaba ya en puertas. La vida de la Villa ya no se circunscribía, como en invierno, al casco urbano, eje central de todos nuestros juegos y andanzas. Junio levantaba la veda para adentrarnos en otra Villa: la de los paseos, ya no esporádicos como en abril o mayo, siguiendo a los pescadores hasta “Peña Rachada”, el molino de arriba por la carretera “general” o el pozo de “Las Chicas”. En estos primeros paseos de junio descubrías que las huertas del Sucubo o Las Vegas ya no eran terrenos yermos como en invierno. Tras la siembra de abril y comienzos de mayo, las plantas de la patata, “cebolo”, lechuga, pimiento, “fréxelos”, calabazas y un largo etcétera de verduras, comenzaban a vestir sus mejores galas, en una sinfonía de colores y aromas que alegraban el alma.
Todo era ya distinto. Los juegos de los soportales, en los tiempos de lluvia, daban paso a las primeras y soleadas partidas a “la billarda” y al “güá” (canicas o bolas) en la explanada de la Colegiata. Los trineos de “rodamientos”, aparcados durante meses en trasteros y desvanes, reaparecían de nuevo. Se desempolvaban los “aros” y las “peonzas”. Recomenzaban las partidas al “frontón” con pelotas de goma maciza y, en los bancos del jardín, los partidos de “fútbol”,­ con chapas forradas y garbanzo de balón,.
Este mundo nuevo se completaba con dos hechos significativos: las primeras y sabrosas cerezas y el primer y furtivo baño en las todavía destempladas aguas del Burbia (a falta de bañador –que no se podía pedir en casa a menos de ser tachado de “louco” o merecedor de un castigo con encierro- había que hacerlo “en pelota picada” o, como un año, en un alarde de imaginación, usando como prenda natatoria, en el pozo de Las Vegas, los “pololos” que usaban las chicas en la clase de gimnasia) .
Se acercaba ya la Feria de San Antonio, puerta del verano y de un tiempo diferente… tiempo de sol y cerezas.

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