martes, mayo 13, 2008


“Mi pantalón
Se me rompió…
Se me va a ver
Todo el calzón”.

GUERRAS

Seguro que alguien se estará preguntando ¿de dónde habrá salido esta coplilla?. Pues bien, esta estrofa pertenece a una canción que se hizo muy famosa entre los chavales de la villa en los años 60 después de que “pusieran” en el cine una película francesa titulada “La Guerra de los Botones”.
Os resumo el argumento: cada año, los colegiales de dos pueblos rivales emprenden una guerra con piedras y espadas de madera. En una de esas batallas, los niños de un pueblo cogen prisionero a un “enemigo” al que atan a un árbol y lo castigan arrancándole todos los botones de su ropa, dejando al crío desnudo y llorando. Ante tamaña humillación, la pandilla del agraviado decide vengarse atacando a sus eternos rivales; eso sí, esta vez irán todos “en pelota picada” para que nadie pueda arrancarles los botones y quedarse desnudos haciendo el ridículo. En mi memoria flotan todavía alguna de las imágenes finales de la película, cuando los dos “jefes” de las bandas rivales, ingresados en un reformatorio, se dan un entrañable abrazo de reconciliación.

Ya lo he dicho: la película fue un auténtico exitazo sobre todo porque, en el fondo, lo único que hacía la película era reflejar una realidad que nos circundaba, tangible como la vida misma: la rivalidad entre las pandillas de chicos de los diferentes barrios.

Villafranca no fue, lógicamente, ajena a estas diferencias. Raro era el año, en primavera y, sobre todo, en verano, en el que los chicos de un barrio no “declararan la guerra” a otro barrio “rival”. La Plaza contra La Kábila…. El Castillo contra La Calle del Agua… El Campairo contra Las Vegas… y así hasta un sinnúmero de combinaciones posibles.

Los motivos por los que se podía declarar una guerra entre barrios eran infinitos: una “incursión” en el territorio de la otra parte; una mala palabra o mal gesto hacia un chico de otro barrio; una inocente zancadilla, una infantil disputa “de faldas”; y así… un largo etcétera al que hay que añadir un insuperable motivo: “porque tocaba”.

Declarada la guerra, las partes procedían a los preparativos en una febril actividad: aparecían, por arte de magia, arcos y flechas por doquier; espadas de madera y algún escudo de lata, tirachinas y hasta alguna honda… y, sobre todo, ...piedras y “morrillos” por doquier. Todo valía.

Eran días tensos, en los que la chavalería se ponía más seria que de costumbre. Las batallas terminaban con un vencedor que, durante semanas, pavoneaba su victoria con aire de superioridad. Por el camino, quedaba algún ojo amoratado o un “xirote” en la cabeza producto de una pedrada con buena puntería.

Pese a ello, la sangre nunca llegaba al río… Y hablando de río, no quiero dejar de contar una anécdota que varias personas a las que consulté hace años me dieron por cierta: si mal no recuerdo, en la década de los 40 era tal la rivalidad entre La Kábila y La Plaza, que una “guerra” declarada entre los chicos terminó contagiando a jóvenes y menos jóvenes de ambos barrios. Al parecer, una tarde de domingo las dos partes en litigio, en medio de blasfemias y otras lindezas verbales, pequeños y grandes terminaron dirimiendo sus diferencias a pedrada limpia en los pedregales de las dos orillas del Burbia a la altura de la Burra de Don Vitoriano… Vamos, una “guerra” en toda regla.

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